Si el mundo que vi en mis sueños existiera…
Un pueblo llegó a una zona donde se logró asentar, las cosechas eran pobres, el viento no soplaba a favor; la tristeza y la desesperación gobernaron el ánimo de ese pueblo.
Horo, una noble e imponente Dios-Lobo, deambulando en su inmortalidad se acercó a un niño, éste, sin temor, hizo un pacto con ella: clamó por su ayuda y ésta le fue otorgada. La prosperidad arribó y se asentó en ese pequeño poblado y cada año le daban las gracias a esa noble Dios-Lobo llamada… Horo.
El tiempo pasa y la leyenda envuelve con misticismo el pacto pretérito que dio vida a ese pueblo, es entonces cuando la modernidad trajo otras formas de sustento y la agricultura pasó a ser algo casi sin relevancia y, con ello, el orgullo del hombre hizo que la gratitud hacia Horo se perdiera, así que llegó la tristeza a sus ojos y al final la resolución arribó a ella diciendo: “iré hacia donde mis recuerdos quedaron, quizá el frío de la tierra del norte devuelva mi otrora felicidad”.
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